El 27,8% de los estudiantes argentinos de 15 años declaró haber faltado sin permiso al menos a una clase o un día completo durante las dos semanas previas a la evaluación. El problema es más frecuente entre los sectores de menores ingresos, donde alcanza al 33,8%, pero está lejos de ser exclusivo de ellos: incluso entre los estudiantes del cuartil socioeconómico más alto, el 19,2% manifestó haber faltado.
La
diferencia en los aprendizajes es considerable. Los estudiantes que faltaron
obtuvieron, en promedio, entre 30 y 38 puntos menos que quienes no lo hicieron,
según el área evaluada. La asociación se verifica en Matemática, Lectura y
Ciencias y atraviesa todos los niveles socioeconómicos.
Uno de los hallazgos más significativos aparece cuando se combinan ambas variables. Entre los estudiantes del nivel socioeconómico más bajo, aquellos con menores niveles de ausentismo alcanzan mejores resultados que los alumnos del nivel socioeconómico inmediatamente superior que faltan con frecuencia. Para el propio informe, este resultado muestra que ciertos factores vinculados con la relación cotidiana del estudiante con la escuela pueden contribuir a reducir, al menos parcialmente, las brechas asociadas al origen socioeconómico.
El dato
permite ampliar la discusión que dejaron los resultados de PISA. La desigualdad
social continúa siendo un condicionante central, pero no explica por sí sola
las diferencias de aprendizaje. La asistencia regular aparece como una
dimensión sobre la cual las familias, las escuelas y las políticas educativas
tienen posibilidades concretas de intervención.
El informe
advierte, de todos modos, que estos resultados deben interpretarse como una
asociación y no como una relación causal. PISA no permite establecer si faltar
provoca un peor rendimiento, si las dificultades académicas llevan a los
estudiantes a ausentarse más o si ambos fenómenos se retroalimentan.
En un escenario educativo marcado por fuertes desigualdades estructurales, PISA 2025 deja así una señal relevante: el origen socioeconómico importa, pero sostener el vínculo cotidiano de los estudiantes con la escuela también puede hacer una diferencia significativa en sus oportunidades de aprender.
Florencia
Daura, secretaria de Investigación de la Escuela de Educación de la Universidad
Austral e investigadora CONICET, explica que los los datos de PISA 2025
devuelven una certidumbre contundente: “el origen socioeconómico condiciona,
pero el hábito cotidiano de ir a la escuela también pesa, y mucho. Detrás del
27,8% de estudiantes que se ausentan sin permiso no solo hay un bache académico
de entre 30 y 38 puntos, sino un llamado urgente a recuperar la centralidad de
la educación integral y, junto con ella, el vínculo escuela-familia y la
orientación del proyecto de vida de los chicos y chicas”.
La especista
de la Universidad Austral, que también se desempeña como directora del
Doctorado en Educación, sostiene que la escuela trabaja como entorno protector:
“La asistencia regular no es un mero trámite administrativo, sino la estructura
primaria donde los alumnos ejercitan capacidades ejecutivas esenciales.
Organizar el tiempo, vencer la apatía y sostener el esfuerzo diario son la base
de la disciplina que favorece el aprender a aprender”, explica y agrega:
“Asimismo, cuando un alumno del contexto que sea -vulnerable o no- logra
sostener la asistencia, ejercita hábitos que son fundamentales para aprender a
lo largo de toda la vida y actúan como auténticos ecualizadores de
oportunidades, es decir, perseverancia, grit, compromiso, regulación emocional,
entre otros”.
“Quien falta
con frecuencia no solo pierde contenidos académicos; manifiesta un progresivo
desenganche afectivo y cognitivo con la institución escolar, con sus
compañeros, con su grupo de referencia que, muchas veces, son factores
protectores frente a otros de riesgo (entornos de violencia, inconstancia,
irresponsabilidad, etc.). Para revertirlo, necesitamos fortalecer el compromiso
académico, transformando el aula en un espacio de pertenencia donde la
presencia del estudiante realmente importe y fortalezca su identidad”, subraya.
Para Daura,
también es importante forjar la perseverancia (grit) y la proyección de futuro:
“La resiliencia no se improvisa, se entrena a través de “microrutinas”
escolares del modelado que ofrecen quienes enseñan y lideran. Así, actos como
llegar temprano y tomar la asistencia, dejan de ser actos formales, para
asociarse a otras acciones positivas: encontrarme con otros que me valoren, se
interesen por mí, inicien actividades que fortalezcan el sentido de pertenencia
y la participación. Aquí la premisa esencial tanto para quienes lideran la
escuela -directivos y docentes- como para cada alumno es: ¿Qué historia
inspiraré al llegar?”
A la vez, la
académica de la Universidad Austral destaca la tutoría como respuesta concreta:
“La adquisición de hábitos no ocurre en el vacío. Se requiere un acompañamiento
cercano que capte a tiempo cuáles son las causas del ausentismo, oriente a las
familias y ayude a cada chico o chica a repensar qué cosas son significativas
para ellos, qué es lo que disfrutan más hacer en la escuela y cuáles son sus
fortalezas. Si obtenemos, aunque sea una mínima respuesta, tenemos un gancho
por dónde empezar”.
Por último,
Daura remarca que es fundamental el cuidado de quienes lideran. “Nadie puede
dar lo que no tiene, acompañar desde el agotamiento, ni inspirar desde el
desgaste. Para que los docentes y directivos puedan sostener la mirada atenta y
construir esas microrutinas de acogida, la comunidad escolar y el sistema
educativo deben cuidar a sus educadores. Garantizar espacios de escucha,
“gimnasio de fortalezas” y soporte institucional para los equipos escolares no
es un tema secundario; es la condición de posibilidad para que ellos puedan, a
su vez, sostener y transformar la vida de los chicos”.
“Para
aspirar a que la escuela vuelva a ser un vehículo de equidad, tenemos que
volver a la raíz de aquello que fortalece a cada chico y chica; seguir dando
ejemplo y acompañar”, concluye.

.jpg)


