Distintas
investigaciones del Observatorio del Desarrollo Humano y la Vulnerabilidad del
Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral permiten reunir
esas transformaciones en una misma radiografía.
Uno de los
datos que muestra esta realidad aparece en la composición de los hogares
monoparentales relevados: el 73,9% tiene a una mujer al frente. El resultado
adquiere especial relevancia al observarlo junto con otros indicadores
vinculados con la distribución de las responsabilidades familiares y la
percepción que mujeres y varones tienen de ellas.
Mayor
demanda familiar sobre las mujeres
Ante la
afirmación “Mi familia me demanda mucha dedicación”, el 30,4% de las mujeres
manifestó un alto nivel de acuerdo, frente al 22,2% de los varones.
Sin embargo,
cuando se consulta por la percepción sobre el cumplimiento del propio rol
dentro de la familia, la relación se invierte: el 67% de los varones considera
que lo cumple satisfactoriamente, frente al 61,3% de las mujeres.
La
diferencia permite observar dos dimensiones de una misma realidad: las mujeres
manifiestan sentir con mayor intensidad las demandas familiares, mientras que
los varones expresan una percepción más positiva sobre el cumplimiento de su
propio rol.
Esta
diferencia se complementa con los resultados del estudio sobre cuidado
realizado por el Instituto. Si bien la probabilidad de cuidar a algún familiar
no presenta diferencias significativas por sexo, la brecha aparece cuando se
identifica quién asume la responsabilidad principal: entre quienes cuidan, el
60,6% de las mujeres son cuidadoras principales, frente al 44,4% de los
varones.
La
familia sigue siendo la principal fuente de satisfacción
Las
transformaciones en torno a la maternidad y la parentalidad conviven con otro
dato significativo: la familia continúa ocupando un lugar central en la vida de
las personas.
Al consultar
por la principal fuente de satisfacción, el 43,2% eligió la vida familiar, muy
por encima de la carrera u ocupación (12,7%), los deportes y la recreación
(12,1%), los amigos (12%), los viajes (9,9%) y la religión o espiritualidad
(8,7%).
La
importancia de la vida familiar, además, aumenta marcadamente con la edad. Es
la principal fuente de satisfacción para el 23,7% de las personas de 18 a 34
años, pero el porcentaje asciende al 58,5% entre los 35 y 49 años, al 60,2%
entre los 50 y 64 y al 71,4% entre los mayores de 65 años.
Los
resultados muestran así una aparente paradoja: mientras disminuye la valoración
de tener hijos como componente central de la calidad de vida familiar, la
familia continúa siendo, por amplio margen, la principal fuente de satisfacción
declarada.
Tener
hijos pierde centralidad como proyecto
El Estudio
Longitudinal sobre Familia en Argentina permite observar con perspectiva
histórica uno de los cambios más pronunciados. En 2015, el 77% de los
encuestados asignaba una alta importancia a tener y criar hijos para la calidad
de vida familiar. En 2025 esa proporción descendió al 46%, una caída de 31
puntos porcentuales en diez años.
La
diferencia generacional es todavía mayor: entre los jóvenes de 18 a 34 años,
solo el 34% asigna alta importancia a tener y criar hijos.
El cambio
también aparece al indagar los motivos de quienes no tienen hijos y manifiestan
que no desean tenerlos. Dentro de este grupo, integrado por 89 personas de la
muestra, el 57,3% señala como razón “no es mi proyecto tener hijos”. Le siguen
no tener una pareja estable (38,2%), preferir viajar o vivir nuevas
experiencias (32,6%), priorizar el desarrollo profesional (30,3%), la
inestabilidad económica (22,5%) y no querer tener hijos en el contexto mundial
actual —por razones ambientales, sociales o políticas— (22,5%).
Los
resultados sugieren que la decisión de no tener hijos no puede explicarse
únicamente por las dificultades económicas: aparecen también cambios vinculados
con las expectativas personales, las prioridades y los proyectos de vida.
El
desafío de conciliar cuidado y proyecto personal
Para quienes
asumen responsabilidades de cuidado, el impacto alcanza dimensiones concretas
de la vida cotidiana. Entre las mujeres identificadas como cuidadoras
principales, el 54% señala que cuidar le dificulta descansar lo suficiente,
frente al 30% de los varones. Además, al 44% de ellas el cuidado le dificulta
sostener un proyecto personal, mientras que entre los varones esa proporción es
del 10%.
La
intensidad de la carga también resulta significativa: cuatro de cada diez
cuidadores principales relevados presentan una sobrecarga intensa. Cuando la
persona cuidada es un hijo o hija menor de 18 años, el porcentaje asciende al
48,4%.
En este
contexto, la conciliación aparece como uno de los grandes desafíos de la vida
familiar actual. Entre las medidas laborales que podrían incentivar la decisión
de tener hijos, la flexibilidad horaria y la autonomía en el uso del tiempo se
ubican entre las opciones más valoradas. Más que una cuestión exclusivamente
económica, los datos muestran la importancia que adquiere la posibilidad de
articular el trabajo, la familia, el cuidado, el descanso y los proyectos
personales.
La
radiografía que surge de estas investigaciones muestra, en definitiva, una
realidad atravesada por tendencias que conviven: tener hijos ha perdido
centralidad como proyecto, especialmente entre las generaciones más jóvenes; la
familia continúa siendo la principal fuente de satisfacción; y las
responsabilidades vinculadas con el cuidado siguen teniendo un impacto
particularmente intenso sobre las mujeres.
Sobre los
estudios
Los datos
corresponden a investigaciones del Observatorio del Desarrollo Humano y la
Vulnerabilidad del Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad
Austral. Incluyen el Estudio Longitudinal sobre Familia en Argentina, con
mediciones realizadas en 2000, 2005, 2015 y 2025; una encuesta online realizada
entre octubre de 2025 y abril de 2026 a 1.028 personas mayores de 18 años
residentes en la Argentina, mediante una muestra no probabilística en cadena; y
el análisis de estadísticas oficiales del Ministerio de Salud de la Nación y
del INDEC. Los resultados provenientes de la encuesta deben interpretarse
dentro de las características y limitaciones de esa muestra.




