El Concejo
Deliberante de General Deheza atraviesa una situación que, como mínimo, merece
una reflexión seria. En poco tiempo, la sucesión de renuncias y pedidos de
licencia dejó al descubierto una fragilidad institucional que ya no puede
explicarse solo por circunstancias personales.
El primer
movimiento fue la renuncia de la concejal de la UCR, Susana Bertero, quien ni
siquiera llegó a ocupar efectivamente su banca por problemas de salud. En su
lugar asumió Angélica Richetta. Hasta ahí, un hecho entendible dentro de lo
humano. Pero la seguidilla continuó.
Desde el
bloque de Hacemos Unidos por Córdoba, Romina Zabala solicitó licencia también
por cuestiones de salud. Más tarde, su compañero de bancada, Lelio Dedominici,
siguió el mismo camino. Y como si el calendario institucional estuviera
diseñado para la inestabilidad, a comienzos de este año la concejal oficialista
de Alternativa Vecinal, Alicia Flores, pidió licencia por un problema de salud
de su hijo. Un motivo absolutamente legítimo, pero que dejó al oficialismo en
una situación incómoda: nadie en la lista quiso asumir, obligando a recurrir al
último suplente disponible. Un dato que habla por sí solo.
El cierre de
esta saga —al menos por ahora— llegó este 25 de marzo, cuando Lelio Dedominici
presentó directamente su renuncia, argumentando incompatibilidades laborales.
Otra vez, la
pregunta inevitable: ¿esas dificultades aparecieron después de asumir o ya
estaban cuando aceptaron integrar una lista?
El contexto
político tampoco ayuda a ordenar el panorama. Alternativa Vecinal viene de
atravesar un proceso complejo tras el fallecimiento del intendente, el Dr.
Oscar Flores Ferrando. Un golpe fuerte que derivó en la asunción interina de
Eduardo Pizzi, luego elegido intendente en agosto de 2024 tras un nuevo llamado
a elecciones.
En medio de
todo esto, el Concejo Deliberante ofrece una postal poco alentadora: bancas que
se ocupan a medias, reemplazos forzados y una sensación creciente de
improvisación.
Entonces
vale insistir: ¿qué significa ser concejal en General Deheza? Las sesiones son
cada 15 días y el cargo es ad honorem. No es un secreto ni una sorpresa. Sin
embargo, las renuncias por “incompatibilidad laboral” o la falta de disposición
para asumir cuando se convoca a suplentes sugieren que, quizás, el problema no
está en las condiciones… sino en la convicción.
Desde la
UCR, además, han planteado reiteradamente que el orden del día llega con poca
anticipación, dificultando el análisis. Puede ser un factor. Pero difícilmente
explique por sí solo este nivel de deserción política.
Porque si
algo empieza a quedar claro es que, en algunos casos, las candidaturas parecen
funcionar más como una herramienta electoral que como un compromiso real.
Nombres que suman votos, listas que se completan… y responsabilidades que,
llegado el momento, resultan demasiado pesadas.
De cara a
las próximas elecciones, la pregunta ya no es solo quiénes serán candidatos,
sino bajo qué criterio se armarán esas listas. ¿Se buscarán personas dispuestas
a ejercer el rol con responsabilidad, o simplemente nombres que “midan bien”
para traccionar votos?
¿Se pedirá
algún tipo de compromiso real antes de asumir? ¿O seguiremos naturalizando que
una banca pueda ser apenas un paso fugaz, una experiencia descartable?
Porque si
algo dejó esta seguidilla de licencias y renuncias es una certeza incómoda: no
alcanza con ganar elecciones para garantizar gobernabilidad. Tampoco alcanza
con tener mayoría si esa mayoría es frágil.
Tal vez el
desafío no sea solo político, sino ético. Y bastante más simple de lo que
parece: que quienes acepten una candidatura lo hagan sabiendo que no se trata
de “prestar el nombre”, sino de sostener una responsabilidad.
Aunque,
visto lo visto, eso hoy parece casi una exigencia exagerada.




